Gabriel Pernau

En bici por Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Jordania, Israel, Palestina, Siria, Líbano y Turquía

Jamal aprende castellano


BEIRUT-TRÍPOLI, 90 km. (bici)
Oriente Próximo maravilla al viajero con la misma intensidad que lo aterroriza. Mayorías que oprimen a minorías, desplazamientos de población masivos, agrupamiento de la gente según su fe, muros que dividen territorios y colectivos, derechos basados en quién fue el primero en pisar estas tierras... Y el terror que no cesa. Hace pocas horas he sabido que anteayer dos suicidas mataron a veinticuatro personas en sinagogas de Estambul.
Tomás Alcoverro decía que los occidentales, cuando llegan a Líbano, hacen algo parecido: se acercan a los cristianos, con quienes más o menos comparten gustos gastronómicos, aspecto físico, forma de vestir o aficiones. “No es un tema de religión –decía-, sino de idioma, de experiencia común, de conexión. A mí también me pasó al principio, aunque ahora trato de evitarlo”.
Esta seguramente sea la clave, no conformarse con los vínculos más evidentes e ir a descubrir los que permanecen ocultos. Aunque a veces resulta tan difícil...

-¡Gabriel, Gabriel! Escucha –me llama Jamal, ilusionado, con su manual de castellano en la mano-: mi tío Joaquín lava la camisa de mi abuela Ramona en el fregadero. ¿Lo he dicho bien?
-Muy bien -le digo-, aunque tendrías que poner más atención en los acentos.

-Cuando vaya a ver a mi hija a Caracas, hablaré perfecto –promete al despedirse.

La salida de Beirut es un tormento. La carretera está en mal estado y hay muchísimo tráfico. Sigo la costa en dirección norte, aunque el mar queda escondido tras una barrera de grandes comercios donde venden coches de segunda mano, muebles o zapatos. “Produits de Noël”, se anuncia en uno de ellos junto a un Santa Klaus hinchable. Hoy es 17 de noviembre. Ha comenzado la campaña de Navidad, en Líbano e imagino que en casa, donde todo el mundo debe estar ya poseído de la fiebre consumista.
¡Cómo pasa el tiempo! Dentro de diez días tengo que estar en Estambul. El 27 de noviembre Sandra llegará en avión a la capital turca.
A las dos horas de pedaleo llego a Jubail, la Byblos que los fenicios convirtieron en el puerto más importante del Mediterráneo oriental. De aquí salía la madera de cedro que los egipcios intercambiaban por metales.
Pero si Byblos merece ser recordada es por una razón que se explica con su propio nombre. A su puerto acudían los griegos en busca de papiros elaborados en Egipto. Varios papiros (bublos) formaban un biblion y con muchos biblion se llenaban bibliotecas, a las que siglos más tarde se incorporaría la Biblia, el libro de libros.
A los fenicios debemos el abandono de la escritura cuneiforme y la invención de un alfabeto de veintidós letras que luego adaptaría medio mundo. Se escribía de derecha a izquierda, como el árabe, hasta que llegaron los griegos y decidieron hacerlo al revés.
El joven vigilante del museo escribe mi nombre en fenicio sobre un papelito para que le dé una propina. Soy el primer visitante del día, y el chico me acompaña luego por salas donde se exponen estatuillas egipcias, sarcófagos e inscripciones.
Desde el mirador de la fortaleza medieval se domina un mar azul que los fenicios fueron los primeros en surcar, y a través del cual, a decir de algunos, alcanzaron las islas británicas, América y el cabo de Buena Esperanza. A mis pies descansa un yacimiento arqueológico con restos de las diecisiete civilizaciones que, desde el Neolítico hasta el imperio otomano, han pasado por esta fértil franja costera.
A escasa distancia están la pequeña iglesia de San Juan Bautista y.un puerto de pescadores recoleto y bien resguardado, lleno de barcas de popa ancha con delfines de la suerte u ojos para ahuyentar a los malos espíritus pintados en sus proas.
Sigo hacia el norte, ahora ya junto al mar, con la constante compañía, a mi derecha, de cimas de tres mil metros y estrechos valles a través de los que los fenicios comerciaban con Mesopotamia y Anatolia.
En Al Batrún, la ruta se desvía hacia el interior para esquivar unos acantilados, y al girar una curva nos encontramos ante un decorado que podría ser la obra de un dibujante de historias fantásticas o de un niño cargado de imaginación. En un claro entre montañas boscosas, se alza un pétreo risco sobre el que todavía luce un inaccesible castillo cruzado, y a sus pies, atravesando uno de los veinticinco ríos de Líbano, un pequeño puente románico.
Jamal decía anoche que Líbano es el país más bonito del mundo, y no le faltaban razones. El hombre proponía que fuera al bosque de cedros o a las ruinas romanas de Baalbek, pero me basta con lo que encuentro por el camino. ¡Sin desviarte de la ruta principal ves tanto!
A las dos de la tarde llego a Trípoli, la ciudad que Ibn Battuta encontró “rodeada de huertos y árboles, abrazada por los abundosos dones del mar y por los duraderos bienes de la tierra”. Yo tengo que conformarme con edificios de doce plantas y toques de claxon para que me quite de enmedio.
Un chaval montado en un ciclomotor me conduce al centro de la segunda ciudad de Líbano zigzagueando entre los coches. El hotel que me recomendó Jamal se encuentra en un bloque de los años treinta. Cargo la bicicleta al hombro, y mientras subo los sesenta escalones que me separan del que será mi aposento, tengo la sensación de encontrarme en Palermo. Las viviendas se distribuyen alrededor de una galeria central amplia y cubierta, con dos escaleras, y en los rellanos hay mujeres que chillan y ropa tendida.

-¿Es usted francés? –me recibe una señora mayor vestida de negro, expectante.
-No –respondo.

-Ah... –suspira decepcionada al conocer mi nacionalidad.

Parece que se conforma con el hecho de que sea europeo, que tampoco está tan mal, aunque luego añade: “Pareces un poco árabe, como todos los españoles que han pasado por aquí”.
Lo dice tan seria que no parece un cumplido.
Laudy vive con su madre, su cuñada y los cuatro hijos de ésta. El hermano de la señora murió hace seis meses de un infarto mientras conducía, y las mujeres de la casa visten de riguroso luto por él.
El hotel es la vivienda familiar. En él, los huéspedes parecemos invitados. Los techos son altos y sillones y mesillas están cubiertas por telas de encaje. En las paredes hay retratos familiares y las habitaciones no se cierran por dentro. Pasamos con nuestras alforjas por el comedor, donde mujeres y niños comen albóndigas con arroz a una hora tan mediterránea como las tres de la tarde.
Al poco rato vuelvo a estar en la calle. Quiero visitar la ciudadela que levantaron los cruzados sobre una fortificación erigida por uno de los comandantes de Mahoma. “Es demasiado tardeee... -me dice el afeminadísimo encargado de la taquilla- pero si quiere hacer unas fotooos...”.
Tengo el tiempo justo de contemplar una espléndida vista, desde el castillo de Qul’at Sinjil, que es la forma árabe de referirse al cruzado Raimundo de Saint Gilles. Desde arriba se domina el abigarrado centro urbano, devastado en tiempos bizantinos por un terremoto.
Pero no hay tiempo para más. Ahora sí, van a cerrar.
Falta poco más de media hora para la oración que anuncia el fin del ayuno y a los tripolitanos, los habitantes de las tres ciudades, les entra el pánico. En las terrazas, las mujeres cocinan potajes en grandes ollas mientras los hombres corren a comprar lo que les falta, zumos de naranja, de mandarina o de zanahoria, pastelitos o pescado fresco. El espectáculo es colosal, superior incluso al de Alejandría o al de Damasco. Todo el mundo parece haberse vuelto loco. En una parada de taxis, los vehículos salen cargados mientras hombres y mujeres aguardan su turno con impaciencia. Hay frenazos y toques de claxon, conductores que se abren paso entre el tumulto, se meten contra dirección por una calle cuesta arriba y, al topar con otro vehículo que bajaba, se suben a la acera sin frenar y continúan.
Diez minutos más tarde, las calles secundarias han quedado desiertas, y en las principales los comerciantes echan el cerrojo a toda prisa. Los cláxones se oyen cada vez más lejanos y los rezagados marchan a paso ligero con un cigarrillo aún apagado entre los labios. Desde un minarete se llama a oración, y al momento el canto se extiende como un eco por toda la ciudad. Al primer “Alá Akbar”, ya todo el mundo debe estar en su casa. Me imagino a las familias enteras sentadas alrededor de una olla, con los niños picando con los cubiertos sobre la mesa mientras el padre les riñe y la mujer aguarda el momento más esperado del día de pie, con la mano sobre la cacerola, presta a levantar la tapa.
Yo también tengo hambre. Pero no queda nada abierto. En el interior de bares y restaurantes vacíos resuenan radios y televisores que los encargados se han olvidado de apagar. Los tenderetes ambulantes humean, solitarios, sobre la calzada, alguno con un emparedado asándose sobre el incandescente metal.
En un local queda todavía alguien. Me venden dos bocadillos vegetales, aunque me los tengo que comer fuera. La mujer imita, con un explícito gesto de manos, el movimiento de dos puertas que se cierran. Van a cerrar.
En una plaza encuentro cinco o seis cafés que hacen horario ininterrumpido. En las terrazas que hay frente a ellos, dos centenares de sillas aguardan la inminente llegada de la clientela masculina. A partir de las cinco se dejan caer los primeros.
La comida del fin del ayuno ha durado un suspiro, para ellos. El tiempo del café, en cambio, sí que requiere su tiempo. “Salam aleikuuum...”, se saludan entre ellos. Lo hacen con amplias sonrisas, mezcla de satisfacción por haber superado la dura penitencia que Alá les impone y por el deseo cumplido de reencontrarse con los amigos en fechas tan señaladas.
Un camarero sirve café con las dos enormes cafeteras que sostiene por unos mangos laterales, una en cada mano. Los cacharros son de hojalata y de forma cónica. En la parte superior, un pequeño brasero mantiene el líquido caliente. ¿Quieres el café muy dulce?; pues te sirven de la cafetera de la izquierda. ¿Sin azúcar? De la otra.
Los bares se llenan de hombres de cierta edad mientras por la calle desfila un grupo de chicos con tambores y farolillos. Los tés corren a mansalva, y las pipas de agua burbujean junto a las mesas.
Dan las siete. Comienza a ser hora de que yo también ponga algo serio entre barriga y espalda.

-Pruebe esto –me tienta el camarero al que le he pedido un kebab mientras señala una salsa amarillenta-. Es delicioso.
-Este sabor... ¡Es alioli! ¡En Líbano!

“Se come en todo el mundo”, me dirá Laudy esta noche sin dar importancia a mi pequeño descubrimiento.
Y yo que creía que era un invento catalán...
Al salir del restaurante, las calles están atestadas de familias que pasean y las tiendas han vuelto a abrir. Para los musulmanes y durante el Ramadán, este es el mejor momento del día, el tiempo en el que, satisfechas las necesidades carnales, todo es relajación y la vida fluye sin sobresaltos. Ahora sí, da gusto tanta normalidad.

-Y usted, ¿no sale a pasear? –le diré a Laudy al llegar al hotel.
-Van los musulmanes –responde indiferente.

-¿Y los cristianos no salen, durante el Ramadán?
-Sólo cuando tenemos nuestras fiestas.

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