Gabriel Pernau

En bici por Marruecos, Argelia, Túnez, Egipto, Jordania, Israel, Palestina, Siria, Líbano y Turquía

Una costa virgen y salvaje


TÁNGER-TARGA, 126 km. (bici)
 “En el momento en el que me encontré solo, quedé sumergido en la más profunda meditación. En efecto, educado en diversos países de la Europa civilizada, me veía por primera vez al frente de una caravana, caminando por un país salvaje, sin otra garantía para mi seguridad individual que mis propias fuerzas. Partiendo de la costa septentrional de Africa, e internándome en el mediodía, decíame a mí mismo: ¿Seré bien recibido en todas partes? ¿Qué vicisitudes serán las que me aguardan? ¿Cuál el término de mis proyectos? ¿Seré acaso víctima desgraciada de algún tirano?”.
Así se sentía Alí Bey al abandonar Tánger para dirigirse a Mequinez y Fez, y en parecido estado de zozobra me encuentro yo ahora, doscientos años y tres días más tarde. Ponerse en ruta siempre tiene algo de excitante. Es aquel momento en el que, después de largos preparativos, por fin te enfrentas a tu destino, conocedor de que, a partir de ese momento, tendrás que poner a prueba cada una de tus certezas e inseguridades.
Me dirijo hacia la costa por Tetuán. Descargo toda mi tensión sobre los pedales, avanzando hacia el sureste con viento a favor y a una buena velocidad de crucero. En dos horas y media llevo cincuenta y dos kilómetros recorridos.
Mi intención inicial era salir de Tánger hacia el este, bordeando el estrecho. La serpenteante carretera de Ceuta es preciosa y poco transitada, con verdes laderas a tu derecha y con la constante presencia del gran azul a la izquierda. Una zona donde el dinero que generan el narcotráfico y las pateras aflora en forma de espectaculares chalés y donde puedes encontrarte a cuatro subsaharianos caminando con sus escasas pertenencias metidas en bolsas de plástico y la mirada perdida. Pero cuando recordé lo abrupto que era ese itinerario, desistí. Me dirijo, pues, hacia Melilla, que, según descubrí anoche, está más lejos de lo que suponía. Veremos si me da tiempo a llegar, en sólo cuatro días.
Así que he dejado la ciudad por el sur, pasando junto a barrios míseros y polígonos industriales a los que acudían a pie grupos de mujeres con la cabeza cubierta. Esperaban a las puertas de las fábricas a que dieran las nueve, junto a grandes rótulos de Abanderado o Porcelanor. Después, la carretera me ha llevado por una constante sucesión de campos dorados por el sol estival. Por el arcén caminaban hombres vestidos con americana y una bolsa de plástico encima para evitar el polvo, mujeres con anchos sombreros de paja ribeteados con borlas negras de lana y jóvenes pastores que vigilaban rebaños de cabras.
Me detengo a descansar junto a un árbol y me sobresalto al descubrir la presencia de un hombre que me espía desde la sombra. El marroquí es de por sí discreto, pero de una curiosidad voraz. Cuando andas por la calle, a menudo hay alguien que te sigue cuatro pasos atrás. Y cuando te cruzas con otro viandante, en unos breves instantes, a ellos les da tiempo de repasarte de arriba a abajo, mirarte a los ojos y continuar impertérritos con su caminar altivo, sin abandonar la línea recta.

Dejo la general y sigo por una carretera paralela al curso de un río seco. Ante mí se levantan las agrestes estribaciones del Rif, las montañas que, según la mitología, surgieron del cataclismo que provocó las columnas de Hércules.
Y, empujado por una suave brisa favorable, reencuentro el Mediterráneo. Frente a mí se abre una playa casi virgen de varios kilómetros. Al norte están el Cabo Negro y el selecto Club Mediterranée y en los enclaves mejor situados resplandecen hermosos y blancos chalés. El viento, terral, despeja el cielo de nubes y eriza la superficie del agua, apuntando hacia un horizonte límpido.
Sobre la arena se acumulan montañas de envases de plástico vacíos y troncos que las olas han acumulado aquí. En la orilla, un par de hombres de pelo cano pescan con caña. Ni el claro color de su piel ni sus narices puntiagudas recuerdan al prototipo de hombre marroquí. Andaluces, valencianos, catalanes, genoveses… Podrían ser de cualquier sitio.
El paisaje no se parece en nada a la cercana costa atlántica marroquí ni al estrecho. Si te trajeran aquí con los ojos vendados, te faltarían elementos para adivinar dónde te encuentras. Deducirías que estás en un bello enclave mediterráneo y de forma automática asociarías belleza y Mediterráneo con España, Italia o Grecia. Pero enseguida te surgirían las dudas: en Europa no quedan perlas tan poco urbanizadas como esta, que nos recuerda cómo debían ser nuestras costas hace cincuenta años, antes de que excavadoras y hormigoneras devastaran un regalo divino en aras del desarrollo y el turismo de masas.
Y el silencio... No se oye un alma. La carretera está desierta, casi no hay gente: no hay nada. Sólo la soledad de la costa marroquí un mediodía de otoño.
En Azla, unos kilómetros al sur, me detengo en un bar en cuyo interior unos chicos juegan al dominó. Sentado en la terraza, frente al mar, contemplo a unos hombres que, armados con arneses, arrastran unas redes y su pesada carga hasta la orilla.
A mi lado se sienta un anciano que se protege del sol con una desgastada gorra Adidas. Abdelmayib habla un correcto castellano, con ese peculiar y musical acento con el que los magrebíes hablan cualquier idioma distinto del árabe. Cuenta que vivió unos años en Badalona, pero que en 1962 sucedió algo que marcaría su vida. Cataluña estaba siendo arrasada por unas inundaciones que llegarían a provocar ochocientos muertos. El 25 de septiembre, las aguas subían de forma alarmante, y en su barrio la inundación amenazaba las casas bajas. Abdelmayib sabía que sus vecinos habían dejado a su hija sola en casa mientras estaban trabajando, y, al oírla gritar, se arremangó los pantalones y la salvó.
Años más tarde, esa chiquilla se convertiría en su esposa.
Pero la felicidad duró poco, rememora con emoción: “La mujer se murió, y yo, de pena, no podía continuar allí, solo, y me volví”. Renunció a las ochocientas pesetas que cobraba por su trabajo de encofrador y se hizo marinero en Marruecos.
Hace ya unos años que Amdelmayib vive retirado. Tiene suficiente para vivir tranquilo, que ya es bastante. La situación en su país es “muy mala”, dice. No hay trabajo para los jóvenes, y por eso pasean todo el día arriba y abajo. No; Marruecos no es como Europa, donde quien tiene iniciativa puede salir adelante. Aquí, unos pocos lo controlan todo, asegura apuntando hacia el cielo.
Le digo que por el camino he visto casas impresionantes, y me cuenta el ejemplo de Azla, que conoce bien. “Mira -me susurrra volviéndose para comprobar que nadie nos oye -:Aquí hay muchas mafias que siempre se pelean entre ellas. Están por todas partes. Hace poco, a una mafia de Azla la policía se les llevó las treinta Zodiac que tenían. ¿Usted sabe lo que son treinta Zodiac, embarcaciones neumáticas de esas grandes, como las que tienen los americanos? ¡Valen mucho dinero! Pues en esa mafia está el alcalde del pueblo, el juez… ¡todos! Y se dedican a llevar droga, que es cosa mala”.
De estas anchas playas parten también numerosas embarcaciones cargadas de marroquíes y subsaharianos en dirección a las costas españolas, añade. Y estas aguas son peligrosas, con muchas corrientes y cambios de viento inesperados; él las conoce bien. En el Estrecho han muerto millones -bueno no, corrige- miles de personas ahogadas.
Pero todo esto a mí no tiene por qué afectarme, me tranquiliza. Si alguien en la carretera me hace señas para que me detenga, tengo que hacerme el sordo y seguir, me recomienda. En los pueblos no tendré problemas. Lo malo es Tetuán, que ya he dejado atrás. Allí, el comercio que genera el contrabando con Ceuta y Melilla es una de las principales fuentes de ingresos. Cerca de medio millón de personas de la zona viven de él. En esa ciudad se refugia mucha gente a la espera de un golpe de suerte que les permita reunir el dinero suficiente para saltar a la Península.
“¿Sabes qué le pasó a mi hija? El año pasado, al salir del banco, le arrancaron el bolso de un tirón, llevándose, con él, el millón y medio de dirhams que llevaba –recuerda indignado-. Se fue a la policía con su esposo, que es tangerino, a denunciar el robo y les dijeron que si no sabían quiénes eran los ladrones, que los buscasen. ¡Los muy caraduras!”.
Comienza a ser hora de marcharse. Termino los deliciosos huevos fritos bañados en aceite crudo y el té a la menta que me han servido, y nos despedimos.
Vuelvo a la carretera, la misma que mi amigo de Azla recorre cada semana para ir a Alhucemas. Es una ruta malísima, con una cantidad insoportable de curvas. El autobús tarda nueve horas en hacer trescientos cincuenta kilómetros. Después de la única subida que Abdelmayib me ha asegurado que había viene el fantástico hotel Mare Nostrum, situado en la parte alta de un acantilado, y algo más allá una playa de varios kilómetros que parece trazada con tiralíneas, con una hilera de casitas blancas alineadas frente al mar y redes de pesca tiradas sobre un manto de arena gris.
La zona en la que me adentro no aparece en los folletos turísticos. Es un territorio inhóspito y remoto, de pequeñas aldeas. El abundante pescado que sale de sus aguas sirve para poco más que el autoconsumo, mientras que las poblaciones del interior, que sólo están a cincuenta kilómetros, se abastecen de las capturas que les llegan de la más distante Tánger.
El terreno es cada vez más accidentado, los pueblos más modestos. Después de la subida anunciada, vienen otras más duras que quien viaja en autocar no percibe.
Sigo hasta Targa, donde me han dicho que encontraré donde dormir. Pero el pueblo es nada más que una aglomeración desordenada de casas. En el pequeño recinto sanitario donde me detengo sólo hay dos personas, una joven médico y una anciana que, al verme, se apresura a cubrirse la cabeza con una toalla. “En Targa no hay hoteles, monsieur”, me anuncia la doctora, desolada.
La mujer me ve apurado, y en verdad lo estoy, puesto que llevo bastantes kilómetros y el pueblo siguiente está a unos treinta. De modo que llama a unos niños que juegan fuera, y éstos acuden raudos. “En el pueblo no hay agua corriente, ¿le importa?”. Y como le digo que no, manda a uno de los pequeños que me acompañe.
El chaval me conduce muy serio hasta una casa y al llegar a la verja señala el interior y desaparece. “¡Hola, hola! ¡Bonjour!”. Tras unos segundos de silencio, un hombre se acerca a la puerta, con la camisa abierta, despeinado, como si se acabara de levantar.
La casita blanca que tiene para alquilar está a cincuenta metros. Abre los tres candados con los que cierra la puerta y dos escarabajos salen corriendo hacia sus escondrijos. Mi alojamiento consta de dos habitaciones recién encaladas y sin muebles, con los marcos de puertas y ventanas pintadas de un azul chillón. El sanitario es un simple agujero rodeado por tres paredes y una puerta de madera.

-Son cien dirhams -me pide.
-Me parece excesivo –respondo.

Regateamos un poco hasta que lo dejamos en setenta, que no es poco si comparo con los cien dirhams que pagué en Tánger por una habitación con todos los servicios.
En unos pocos minutos, el señor Karim barre la estancia y manda traer un colchón forrado con una funda de colores, una almohada a juego y una gran estera para que pueda andar descalzo por la habitación.
Lo mejor del lugar se halla fuera. Mi humilde alojamiento está junto a la playa, en primera línea de mar. Así que cojo mi pastilla de jabón y mi minitoalla de supervivencia y corro hacia la orilla, a tomar mi último baño de mar de la temporada.
El agua está helada, y cinco minutos más tarde deshago el camino, también corriendo. Por la playa me cruzo con un niño que, al ver mi torso desnudo, gira la cabeza, no sé si por pudor o por mi falta de decoro.
 “¡Hola!”, me saluda en castellano un vecino mientras desata el asno que pastaba junto a la arena. “¿Se ha instalado bien?”. Le digo que sí, y él cuenta que vivió catorce años en Tarragona, que volvió a su tierra al jubilarse. Le comento que Targa es un pueblo muy bonito, aunque, en verdad, lo bonito es el entorno, las rocas negras junto a la playa, la proximidad de las montañas y el peñasco que se yergue sobre la arena gris, como un meteorito caído del cielo, a pocos metros del mar, con los restos de un castillo en lo alto.

-¡Ja, ja, ja! Antes, en el castillo se encendía una hoguera durante el Ramadán, al anochecer. Servía para anunciar el fin del ayuno. Lo mismo se hacía en todas las pequeñas fortificaciones que verás a lo largo de la costa.

El hombre no explica el motivo por el que se construyeron estas defensas, que no fue otro que alertar a la población de la llegada de navíos procedentes de la Península, dispuestos a raptar a hombres, mujeres y niños.

-Lástima de la basura que se acumula en la playa –me lamento, en un exceso de sinceridad.
-La culpa es del turismo, dice. Éste era un lugar limpio, pero hace unos años comenzaron a venir turistas y gente joven, y ya se sabe: no cuidan nada. Targa es pobre; no puede pagar la limpieza de las playas.

Paso el resto de la tarde descansando, y, antes de que anochezca, salgo en busca de un sitio donde cenar. En el único café del pueblo sólo sirven té, de modo que compro un par de tortas en un tenderete callejero y algo que parece un dulce. Ya en el establecimiento, uno de los camareros unta mi deliciosa cena con quesitos, y yo, mi escasa comida y mi té nos vamos al fondo del local. Desde allí observo a la concurrencia que se arremolina junto a un televisor. Una veintena de muchachos y hombres de mediana edad miran, embobados, una película francesa en la que, de vez en cuando, aparece el pecho desnudo de una mujer. El volumen está puesto al mínimo.

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